Visita pedagógico-formativa del Hno Marista Eugenio Magdaleno a la Comunidad del Colegio Santa María
Dicho religioso pertenece a la Congregación Fundada por San Marcelino Champagnat (Hermanos Maristas), dedicada a la educación de niños y jóvenes. Realizó su experiencia pedagógica desde el nivel primario hasta la universidad.
El Hno. Magdaleno predicó una serie de pláticas formativas que tuvieron como destinatarios, alumnos del nivel secundario, docentes y padres de todos los niveles, en la Capilla del Colegio en el siguiente orden:
- Pláticas con alumnos del nivel secundario – de 1º a 6º año sobre el tema: “Vale la pena vivir”·
- Con docentes: “Calidad Educativa: entre la utopía y el realismo pedagógico”·
- Con padres: “Educar en tiempos de incertidumbre”
La experiencia fue muy rica, verdaderamente los alumnos estuvieron muy interesados, atentos y participativos. El hermano también se sentía muy satisfecho del nivel de preguntas que hicieron. Un signo a destacar es el agradecimiento de los alumnos cuando se despidieron de él.
A los docentes nos recomendó aplicar en nuestra tarea el método: ver, juzgar y actuar, y la pedagogía de la exigencia y de la presencia – hay muchos alumnos que están necesitando presencia de algún adulto que se ocupe de ellos y de la exigencia en la escuela: en contenidos, como así también en límites y valores.
En la charla con padres, el religioso Marista, también se refirió a la necesidad de poner límites y de no entrar en este consumismo que afecta a la sociedad, entre otros temas. Algunos padres nos comentaron que vinieron a la charla por recomendación de sus propios hijos, les dijeron: “no se la pierdan, porque está muy buena”
Carta pastoral de Mons. Oscar Sarlinga en el XXXV aniversario de nuestra diócesis de Zárate-Campana
Sábado 6 de agosto, en la Transfiguración del Señor
Queridos hermanos y hermanas
Les pido hoy que escuchemos lo que nos dice el Padre a través del Espíritu, como en la Transfiguración, una vez que la nube los cubrió con su sombra, cuando en presencia del Señor transfigurado, en presencia de Moisés y de Elías, los apóstoles oyeron la voz del Padre que dijo “este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Cf Mt 17,5). En nuestro caminar en la fe, queremos escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia, también a nuestra Iglesia particular, nuestra Iglesia diocesana. Les pido también, paciencia y misericordia, aplicadas a la lectura de ésta.
En este XXXV aniversario se hace más y más necesario el fortalecer la comunión orgánica en nuestra Iglesia particular a fines de recibir un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización, en una Iglesia que quiere arraigarse todavía más en la fuerza profética y poder perennes de Pentecostés, procurando ser cada día más como «un solo corazón y una sola alma» (Hech. 4, 32), pues tenemos por delante la apasionante tarea de hacer renacer el celo evangelizador, en el horizonte exigente y comprometido de la pastoral ordinaria. De esta misión religiosa“brotan tareas, luz y fuerzas que pueden contribuir a construir y consolidar la comunidad de los hombres según la Ley divina”[1]
I
La Iglesia-comunión en la actual diócesis de Zárate-Campana, que comenzó en el siglo XVII
Nuestra diócesis de Zárate-Campana cumple en este 2011 sus XXXV años desde su creación, el 21 de Abril de 1976, por parte de Su Santidad Pablo VI, con territorio
desmembrado de la entonces diócesis de San Isidro y de la diócesis de San Nicolás. Como diócesis, como circunscripción eclesiástica, es “joven”, en cambio, presencia y como corriente de evangelización y misión, e incluso de organización civil, data de siglos; una de sus parroquias, Santiago del Baradero, es la más antigua de la provincia de Buenos Aires (de 1615, “curato de indios”, en el lenguaje de la época, curato del pueblo originario que allí poblaba, y donde se hablaba guaraní, lengua defendida y sistematizada por Fray Luis Bolaños, cura de Baradero) y otra de ellas, San Antonio de Areco (de 1730, es de las primeras erigidas como curato en la actual provincia civil, y no menor lo es Nuestra Señora del Pilar, en el actual Pilar, y Exaltación de la Cruz).
Nuestra Patrona, otorgada por el mismo Papa Pablo VI, es la Virgen de Luján, de la cual éstas son sus tierras. Es la misma Virgen María, en la advocación en la cual es Patrona de la Argentina, la Virgen Madre de la Iglesia, porque “Madre de Cristo y de todos los miembros de Él”[2], como enseñó San Agustín, y Madre de todos nosotros, de los cuales el Señor Jesús se dignó ser “padre y hermano”[3]. La Virgen de Luján nos ha sanado, nos ha hermanado desde el inicio de nuestra diócesis, y de ello es testigo la extraordinaria e ininterrumpida peregrinación del Pueblo de Dios a su Santuario en Luján, que corre como un río de vida fluyente y sanante a lo largo de nuestra diócesis, en el mes de noviembre, y esto desde su creación hasta ahora.
Con la erección de la diócesis, el 21 de abril, al mismo tiempo nombró el primer Obispo, Mons. Alfredo Mario Espósito Castro, quien fuera consagrado poco después, el 4 de julio de 1976; Pastor dedicado, querido por su pueblo. Como épocas, como tiempos, fueron difíciles para nuestro país, se produjo mucho dolor y desolación; desconcierto, desgarro. La esperanza, “el realismo de la esperanza” (regado por el sufrimiento de muchos) abrió también sendas que permitieron caminar, avanzar, en medio de las pruebas.
Hoy, en 2011, un aniversario, cualquier “aniversario” no deja de ser una fecha convencional (tanto más un aniversario “35” que no simboliza ni “bodas de plata” ni “bodas de oro”), pero no por ello menos significativa, y tanto más significativa será si la miramos a través del Rostro de Jesús, de su mirada de Amor. Esta mirada, que es de fe, nos ayudará a ver con ojos de justicia (“que mira desde el Cielo; cfPs. 85) y de misericordia (la que triunfa sobre el juicio).
En las palabras inaugurales el día de la toma de posesión de la diócesis, el 18 de febrero de 2006, quien habla expresó que “(…) todo plan de vida cristiana y también todo proyecto pastoral y evangelizador han de partir de la contemplación del Rostro de Jesús y de la conversión del corazón, para así obrar una misión evangelizadora que llegue a todos sin excepción, preferencialmente a la ‘oveja perdida’ de la que habla el Evangelio“, y me refería entonces, “a una acción evangelizadora que trasunte amor por la Verdad, inmenso afecto por todos los seres humanos, con apertura, respeto y convicción espiritual“.[4] Si me permiten un sinceramiento personal, siempre he creído muy profundamente en el misterio de la Iglesia como comunión, en sus imágenes y notas esenciales que la definen, y que revelan que en su dimensión más íntima, ella, la Iglesia, es ese “misterio de comunión”, sobre todo con la Trinidad[5]. Y esa comunión, que es “jerárquica” lo es en sentido teológico y no sociológico, porque, como enseña el Concilio Vaticano II, “los fieles, unidos al Obispo, tienen acceso a Dios Padre por medio del Hijo, Verbo encarnado, muerto y glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, y entran en comunión con la Santísima Trinidad”[6]. La comunión, en efecto, expresa también la realidad de la Iglesia particular.
En el recuerdo este año de la creación de la diócesis y de la ordenación del primer Obispo, hacemos también un acto de fe en la Palabra de Dios, que nos afirma en el libro del Apocalipsis que los muros de la nueva Jerusalén “se asientan sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14), y en la enseñanza de la Iglesia, que en la Constitución Dogmática Lumen Gentiummanifiesta que “los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió”[7].
II
La iglesia catedral; Liturgia y caridad: La iglesia concatedral de la Natividad del Señor y su consagración el 27 de agosto
La caridad de la Iglesia es manifestación del amor trinitario[8], es como su alma (pues su Alma, es el mismo Espíritu Santo) razón por la cual las características que el Señor Jesús quiso para su Iglesia han sido que fuera “pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”[9]. Los invito, a la luz del misterio de Cristo, Pastor y Obispo de las almas (cf. 1 P 2, 25), a la luz de su Transfiguración, a que nos pongamos a disposición en nuestra vida concreta a realizar ese Amor trinitario y misional. No dejemos la misión, los “gestos de misión”, el “estado permanente de misión” y “la dimensión misionera de toda la pastoral” (¡No olvidemos el tríptico de Aparecida, que llevamos a todas las misiones de los jóvenes!). A esto nos han llamado los Obispos de América Latina y el Caribe, guiados por el Papa Benedicto XVI, en la “Misión continental”.
La Misión continental tuvo inicio en nuestra diócesis el 9 de mayo de 2009, día en que hemos celebrado las fiestas patronales diocesanas (sábado posterior a la festividad de la Virgen de Luján) y, como acontecimiento profundamente marcante, la consagración de la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús, irradiante de Amor y de Misión.
Nos encontramos muy contentos de la asunción convencida y profunda del espíritu de la misión en los corazones de los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas, y laicado. De todo ello, en la Liturgia y en la caridad (también en su dimensión social, o solidaridad) es centro la iglesia catedral; más que una declaración “jurídica” (que también lo es), el declarar “catedral” a una iglesia, significa ser “centro irradiador” de lo anterior.
En ese contexto, este año 2011 la celebración conmemorativa del XXXV aniversario tendrá lugar con motivo de la consagración de la iglesia concatedral de la Natividad del Señor (declarada tal en 2008)y el término de las obras de restauración de dicho templo. Por esta razón, el sábado 27 de agosto, a las 18, presidirá la celebración eucarística el Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Adriano Bernardini.Su presencia como representante del Santo Padre Benedicto XVI nos reafirma en la nota de la apostolicidad de la Iglesia y nos moviliza a querer que el Evangelio se conserve siempre íntegro, para lo cual los Apóstoles dejaron como sucesores a los Obispos, confiándoles su propia tarea de enseñar[10], y de santificar y guiar al Pueblo de Dios cum Petro et sub Petro, continuando la labor desarrollada por sus predecesores, con dinamismo misionero[11].
Será la ocasión de dar gracias, gracias porque el Corazón de Jesús recibió nuestra consagración[12], acción de gracias por el camino recorrido desde la creación de la diócesis, lo cual, como toda dimensión humana, posee luces y sombras, pero en la cual la obra poderosa del brazo del Señor se ha manifestado, en la comunión eclesial, en el estado permanente de misión, en los gestos misionales (en especial de parte de la juventud misionera) y en la dimensión misional de toda la pastoral, en la Liturgia, en la catequesis (de la cual los encuentros y congresos catequísticos han sido signo), en la Caritas y la atención a los más necesitados, en Justicia y Paz, en la educación católica, en las vocaciones diversas y complementarias a la vida cristiana, sin dejar de mencionar, con inmensa alegría,el aumento y perseverancia de las vocaciones sacerdotales, que ha llevado a la reapertura del Seminario “San Pedro y San Pablo”.
Por supuesto que siempre hace falta “más”(en el decir de San Ignacio de Loyola), “más”, pero siempre dando gracias al Padre y Señor, por todos los beneficios concedidos, agradeciéndole, con la humildad de saber que nosotros, “todos”, somos simples instrumentos (“Protagonista” como tal, lo es el Espíritu Santo), y es Él, el Padre, quien “en Cristo” da origen, crecimiento, si somos fieles a su don de Amor. Creo que en este sentido de humildad (la cual, para manifestarse auténtica, tiene que ser probada en sufrimiento, en la Cruz madurado) y de acción de gracias, está la base del verdadero sentido de la “comunión orgánica”. Me parece ver en ello la dulce advertencia que nos hiciera el Beato Juan Pablo II cuando estábamos ingresando en el tercer Milenio: “No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento[13].
III
Peregrinar del Pueblo de Dios en nuestra diócesis; no nos cansemos de peregrinar a la Casa del Padre
No quisiera abundar en datos; una carta del Obispo no es un tratado de historia ni de teología pastoral. Recordemos, hagamos “memoria” (como el Pueblo de Israel) de los acontecimientos fundantes. Nuestro primer Obispo diocesano, el llorado Mons. Alfredo Mario Espósito Castro, claretiano, desarrolló su misión como sucesor de los Apóstoles, en razón de la consagración episcopal y mediante la comunión jerárquica, signado en particular por el sufrimiento y la enfermedad; así, unido a la Cruz, fue “principio visible y el garante de la unidad de su Iglesia particular”[14]. La fecha de su consagración episcopal (4 de julio) generó la costumbre que durante años se celebrara “el aniversario de la diócesis” más que el día de su creación por parte del Pontífice (el 21 de abril), en el día de la consagración del primer Obispo y su toma de posesión (por parte del entonces Nuncio Apostólico, Mons. Pío Laghi). Me parece bien, salvo mejor y autorizada opinión, continuar con esta costumbre del 4 de julio; sólo este año nos hemos tomado la licencia de hacerlo en agosto, por la consagración e inauguración de la segunda catedral de la diócesis.
Mons. Alfredo Esposito Castro fue fundador del Seminario “San Pedro y San Pablo”, y dimitió en 1991 a la cura pastoral de la diócesis por razones serias de salud; luego de diversos destinos, fue acogido en la clínica San Camilo, donde fue cuidado y atendido amorosamente y allí falleció el 1ro. de enero de 2010, habiendo sido celebrada la misa de cuerpo presente en la iglesia catedral de Santa Florentina el día 2, y allí, en la renovada iglesia criptal de Santa Florentina y sus hermanos Obispos Padres de la Iglesia Hispana, en el área tumbal que se creara a tales efectos, espera la resurrección de los muertos, junto al altar del Sagrado Corazón de Jesús. Su báculo, la mitra de su consagración y una fotografía se hallan en un cofre vidriado sobre su tumba, como perpetuo recuerdo para la piedad de los fieles.
Nuestro segundo Obispo fue Mons. Rafael Eleuterio Rey, quien siendo obispo auxiliar de Mendoza, fue trasladado por el Papa Juan Pablo II a la diócesis el 18 de abril de 1992, donde estuvo a cargo durante catorce años. En febrero de 2006 presento su renuncia a la diócesis por razones de salud. Al Padre de las luces, al Señor de la historia, le agradecemos también por los dones con que lo colmó en su episcopado, y por todo el bien que pudo transmitir al Pueblo de Dios que le fuera confiado.
En cuanto a quien habla, va de suyo que sería inconveniente e imprudente referirme a mi persona. Me permito sólo esto: agradezco al Señor algunos símbolos, como el día de mi nombramiento por parte del Papa Benedicto XVI (curiosamente, el 3 de febrero, el día de San Oscar, Obispo, mi patrono; a quien le pedí protección y ayuda), el acompañamiento de tantos Obispos (27) en la celebración y del Señor Nuncio, así como de tanto clero y sobre todo de tantos, tantos fieles laicos, el día de mi toma de posesión, en la memorablemente calurosa tarde del sábado 18 de febrero, en el curso de la ceremonia que tuvo lugar en la catedral Santa Florentina, tan desbordada que las gentes estuvieron paradas al rayo del sol en el atrio, en la calle y en la plaza (al cabo de estos años: ¡gracias por esa paciencia y ese espíritu de fe!). Recordaré sólo que quise mirar hacia adelante (“veamos esperanza”, les dije) porque las miradas sombrías siempre me parecieron no provenientes del Espíritu, y que pedí ser reafirmado, como nuevo Pastor, en “la continua ‘novedad’ del cristianismo”, que radica en ser “acontecimiento de la salvación, que renueva interiormente en Cristo a la humanidad, transformando al ser humano desde su ‘ser interior’ más profundo: el ‘corazón’, entendido éste en sentido bíblico“, para lo cual intenté precisar que “para ver esa salvación actuante, para ver al Cristo viviente, es preciso el don de la fe, los ‘ojos de la fe’”.
El Señor hace nuevas todas las cosas. Él es el Señor de la historia. Él, y sólo Él, conduce el peregrinar del Pueblo de Dios en esta iglesia particular de Zárate-Campana, y en la Iglesia católica en el Universo. Levantemos el corazón a Él, al Señor de la historia, y veremos las maravillas que Él hace por nosotros.
IV
“Casa y escuela de comunión”: que lo sea de verdad
Nos hemos acostumbrado, quizá demasiado, a los acertados diagnósticos y a las palabras dignas y hermosas. No dejan de ser verdad, todo lo contrario, sólo que han de manifestarse en “vida” y vida en abundancia, pues la comunión eclesial es comunión de vida, de caridad y de verdad[15] y, en cuanto lazo del hombre con Dios, funda “una nueva relación” entre los hombres mismos y manifiesta la naturaleza sacramental de la Iglesia; sin esa “perenne novedad” del Espíritu la Iglesia podría verse menoscabada en su manifestación como “la casa y la escuela de la comunión” que es, como la definiera Juan Pablo II[16].
El ser humano es proyectual. Nuestro proyecto ha de fundarse en la Eucaristía, sacramento de la comunión eclesial, donde “participando realmente del cuerpo del Señor, somos elevados a la comunión con Él y entre nosotros”[17]. Al mismo tiempo, la Eucaristía es la epifanía de la Iglesia, donde se manifiesta su carácter trinitario.
¿Queremos ahora afianzarnos en un proyecto, en un camino?.Que ese proyecto esté inspirado por el Espíritu y siga las huellas de Cristo. Nuestro Plan Pastoral diocesanohace referencia a un “caminar juntos en Cristo” y parte de la consideración de la (por entonces) celebración del trigésimo aniversario de la diócesis, con oportunidad de la fiesta patronal del 8 de mayo de 2006: “(…) hemos iniciado un renovado caminar juntos, en pos de la nueva evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y modos de expresión, como lo dijera el Papa Juan Pablo II. Después del Gran Jubileo por el que entramos en el IIIer. Milenio, como Iglesia particular queremos afianzar su herencia, puesto nuestro corazón en Jesucristo, el que hace nuevas todas las cosas (…). En ese «sentir con la Iglesia» es comprendido este Plan Pastoral (…) Ahora nos toca recoger la herencia jubilar, tomar conciencia de que lo importante no es tanto hacer “programas nuevos”, sino vivir la novedad permanente del evangelio.
Creo que es todo un programa; lo que no quita que lo concretemos, en la medida de las necesidades pastorales, más y más. A nosotros la tarea de hacerlo carne. Todo esto queremos hacerlo en fidelidad a la Iglesia, en comunión orgánica dentro de ella, con el Papa, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, el cual “(…) es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos como de la muchedumbre de los fieles“[18].
V
Conclusión: el Rostro de Cristo, su mirada profunda que cala en nuestro interior
Discúlpenme la insistencia, mi deseo no es cansarlos con “ideas de fuerza” de ningún tipo. Persevero en el pedido: contemplemos el Rostro del Señor, sobre todo su mirada, su dulzura, en el Rostro de esa Cabeza coronada de espinas. ¿Por qué contemplarla? (Recordarán, nos lo preguntábamos en el mismo Plan pastoral). Porque la santidad es la perspectiva en la que debe situarse todo camino pastoral; la santidad de nuestras comunidadeses lo que ha de sostener, recrear y potenciar las actividades propias de la pastoral ordinaria. Es en el seno de la comunidad eclesial (y en la Iglesia particular se dan todas las notas de la Iglesia universal), donde el ser humano recorre su camino de conversión, de liberación del pecado y de crecimiento en la fe, hasta el encuentro con Jesucristo. Por este motivo, si queremos contribuir en nuestra diócesis a una profunda renovación humana y cristiana, es preciso asumir que no hay “humanidad nueva” si no hay en primer lugar creaturas nuevas, hechas de nuevo (“déjame nacer de nuevo, Señor”, cantamos)con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio.
Y esto dicho, a comenzar desde el Obispo,que es en su diócesis Vicario[19], aunque indignamente de su parte, del “gran Pastor de las ovejas” (Hb 13, 20), y que, pidiendo por su propia conversión al Señor cada día, ha de manifestar la paternidad de Dios; la bondad, la solicitud, la misericordia, la dulzura y la autoridad moral de Cristo (…) en su índole trinitaria[20], todos tenemos que poner alma, mente, corazón, sangre y brazos para dar la vida, cada uno según su vocación y elección, para hacer de todos los seres humanos una sola familia, reconciliada en el amor del Padre; así recibiremos como don en la diócesis (y contribuiremos a la Iglesia universal) la perenne vitalidad del Espíritu Santo, que anima la Iglesia y la sostiene en la humana debilidad, debilidad que deviene fortaleza cuando hunde sus raíces en la misma vida de Cristo, que es toda trinitaria[21].
Convencidos de la fuente de la Gracia, invoquemos la ayuda del Cielo, invoquemos sobre nosotros la Paz, que es un bien tan grande que entre las cosas terrenas nada se desea con mayor ardor, nada se puede tener de más perfecto[22] e imploremos esa Gracia de aquél que es el «Príncipe de la paz»(Is 9,6).
No dejemos de recurrir a la intercesión de María Santísima, aun cuando humanamente se derrumbara toda esperanza (humana); la esperanza teologal abre horizontes infinitos; María “es causa de salvación para todo el género humano”[23], Ella es nuestra Señora, quien desde Luján nos dice: “ora, canta, camina, trabaja, ten esperanza, que mi luz sea tu luz”. La luz de María es la Luz del Rostro de Cristo, Resucitado de entre los muertos. Él hace nuevas todas las cosas.
Con mi afecto y bendición,
+Oscar, obispo de Zárate-Campana
6 de agosto de 2011
[1]Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoralGaudium et Spes, n. 42.
[2] San Agustín, De saпct. Virg., 6: PL 40, 399.
[3]Cf San Anselmo, Or., 47: PL 158, 945.
[4] Véase el link en AICA: http://www.aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=1094&edition_id=49&format=html)
[5]Cf Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, “ApostolorumSuccessores”, aprobado por el Sumo Pontífice Juan Pablo II durante la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto el 24 de enero de 2004 y ordenada su publicación. Roma, desde la sede de la Congregación para los Obispos, el 22 de febrero de 2004, fiesta de la cátedra de San Pedro,n. 7. La Iglesia comunión y misión.
[6]Conc. Ecum. Vat. II, DecretoUnitatisRedintegratio, 15.
[7]Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 20; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 860-862. Cf también las dos citas escriturísticas que el Directorio de los Obispos hace al respecto: “Yo soy el buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí” (Jn10, 14). “La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero” (Ap21, 14) (Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, “ApostolorumSuccessores”, aprobado por el Sumo Pontífice Juan Pablo II durante la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto el 24 de enero de 2004 y ordenada su publicación. Roma, desde la sede de la Congregación para los Obispos, el 22 de febrero de 2004, fiesta de la cátedra de San Pedro, Capítulo I).
[8] Cf Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, n. 19.
[9]Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 4.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 7; Catecismo de la Iglesia Católica, 77-79.
[11]Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, “ApostolorumSuccessores”, aprobado por el Sumo Pontífice Juan Pablo II durante la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto el 24 de enero de 2004 y ordenada su publicación. Roma, desde la sede de la Congregación para los Obispos, el 22 de febrero de 2004, fiesta de la cátedra de San Pedro, Introducción.
[12] Véaseen: http://www.aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=16740&edition_id=999&format=html&fech=2009-05-13
[13]Cf Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millenioineunte, n. 43.
[14] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 23.
[15] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 9.
[16] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Novo MillennioIneunte, n. 43.
[17]Conc. Ecum. Vat. II, Constitución SacrosanctumConcilium, n. 47; cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, nn. 3; 7; 11; Decreto UnitatisRedintegratio, 2; Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia.
[18]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Lumen Gentium, n. 23
[19] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 27.
[20]Cf Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, “ApostolorumSuccessores”, aprobado por el Sumo Pontífice Juan Pablo II durante la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto el 24 de enero de 2004 y ordenada su publicación. Roma, desde la sede de la Congregación para los Obispos, el 22 de febrero de 2004, fiesta de la cátedra de San Pedro, I. El Obispo en el Misterio de Cristo, 1. Identidad y misión del Obispo.
[21]Él es el Hijo eterno y unigénito del Padre, desde siempre en su seno (cf. Jn 1, 18), y el ungido con Espíritu Santo, enviado al mundo (cf. Mt 11, 27; Jn 15, 26; 16, 13-14).
[22]Cf San Agustín, De Civ. Dei, 19, 11: PL 41, 637.
[23] San Ireneo de Lyon,Adv. Haer., 3, 22: PG 7, 959.
Invitación a la Mesa de Trabajo
Campana, octubre de 2010.
Asunto: Solicitud de Jóvenes Representantes.
A los Párrocos y Asesores de Instituciones, Movimientos y Asociaciones
Que realizan pastoral con los jóvenes y para los jóvenes.
Querido hermano sacerdote, religioso, religiosa:
Antes que nada agradecemos a todos los que han estado presente de una u otra manera en la reciente IV Misión Juvenil Diocesana en San Antonio de Areco. Como siempre, ha sido una obra del Señor maravillosa.
Pero aún nos queda un “trecho” más para trabajar en este año.
Como lo habíamos comunicado al comenzar el año, continuamos trabajando con la Secretaría Permanente de la Delegación de Juventud con mucho sacrificio y alegría para hacer de nuestra Iglesia un “casa y escuela de comunión” y construir en el mundo “la civilización de amor” como nos pide la Iglesia. Continuamos profundizando en dos “actitudes de fondo que deben cimentar los criterios pastorales comunes en nuestra diócesis: el Espíritu de Comunión y la Misionariedad” (Plan Pastoral Diocesano, cap.II, 11).
Por eso, para tener un instrumento concreto que ayude a profundizar la comunión y participación, y hacer más efectiva la organicidad de la pastoral juventud y contribuya a la pastoral orgánica de toda la diócesis, hemos creado el espacio llamado: Mesa de Trabajo Diocesana de la Pastoral Juventud. El mismo tiene por objetivo, entre otros, el de poder bajar, asumir y concretizar lineamientos comunes del Plan Pastoral Diocesano y de la Pastoral Nacional de Juventud.
Para formar esta Mesa de Trabajo están convocados dos representantes por parroquia (que designe el Párroco) y dos representantes por cada Institución, Movimiento o Asociación y los Asesores que quieran participar. Son de “representación única”, es decir que la misma persona no puede representar, por ejemplo, a una parroquia y a un movimiento, dado que en la Mesa habrá trabajos separados para estas realidades distintas. Ya muchos han enviado representantes a la “pre-mesa” del mes de marzo que sirvió para organizar la que vamos a realizar ahora.
Por lo tanto, necesario pedirles que designen a los jóvenes representantes y los pongan en contacto con la Delegación. Los mails de referencia para confirmar la presencia y hacer consultas son: mir_olivera@yahoo.com.ar y aubonejose@hotmail.com .
La Mesa de Trabajo, se realizará el día 30 de octubre en la Cocatedral Natividad del Señor, en Escobar. El horario de llegada es 8.30 hs. Y termina a las 17.30 hs. Con la celebración de la Misa incluida.
Quedo a tu disposición para cualquier consulta y te envío cordialmente un fraternal saludo. El Señor te bendiga.
P.Hugo Lovatto
Delegado Diocesano de Pastoral Juventud.
Considerada la participación prevista de asociaciones de fieles, y notable número de laicos de nuestra diócesis en la convocatoria del “Departamento de Laicos” (DEPLAI) respecto del matrimonio entre un hombre y una mujer, en amorosa comunión de vida y amor y apertura a la generación de los hijos y su educación, es para mí un deber de conciencia, como Pastor de la Iglesia, el expresar una vez más a la numerosa feligresía, a través de estas líneas, que lo que ha de movernos en nuestro generoso y esperanzado “sí” al matrimonio y a la familia, es, tal como, por otra parte, lo veo en los fieles, nuestro sentido de fe cristiana, y también (es bueno el recordarlo) el “sentido de la ley natural” (respecto de la cual la ley positiva tiene un valor pedagógico), la cual hace, aquélla, que la inclinación al matrimonio y la familia se encuentre “ya en la naturaleza humana”, a modo como la inclinación natural a la verdad y al conocimiento, a la sociabilidad o la inclinación hacia lo trascendente o Dios.
Esto, claro, es preciso hacerlo con convicción, con paz, con respeto, con ejercicio de los derechos de las libertades cívicas y la libertad religiosa, y sobre todo con un compromiso creciente a vivir los valores y las virtudes de ese gran don para la humanidad que es la familia, nosotros los primeros, a comenzar por el hecho que la Iglesia es “Familia de Dios” como la llama el Concilio Vaticano II.
En mi misión pastoral, ya había tenido ocasión de dirigirme a todos los fieles católicos de esta diócesis en el viernes 11 de junio próximo pasado, en la Clausura del Año sacerdotal, en el cual clamábamos, precisamente, por la santidad sacerdotal, y por “el sentido del matrimonio formado por un varón y una mujer, constitutivo de la familia y de la «civilización del Amor»”. Pedíamos entonces que “los fieles laicos oren por los sacerdotes”, y en especial que oren “las familias, institución indispensable”, familias que son como “santuarios de humanidad donde puede realizarse la civilización del amor”. Recordaba en esa ocasión quien les habla que “la familia”, primero en sentido humano y natural, y como familia cristiana cristiana, es “un bien precioso para la humanidad toda”, tal como a ella se refiere el Concilio Vaticano II[1], y que al respecto en nuestra sociedad actual “tenemos el deber, en conciencia, de buscar la verdad, y de ofrecer nuestro servicio, preocupándonos por los destinos del matrimonio, formado por un varón y una mujer[2], y la familia”. Hacía alusión aquí a la célebre la exhortación «Familiaris consortio» de Juan Pablo II[3]. Procuraba también atraer la atención de ustedes hacia la necesidad de proseguir sin cansarse la tarea de construir la mencionada y ansiada «civilización del Amor», como nos lo pidió Juan Pablo II cuando dijo que “(…) la familia, cuando vive plenamente las exigencias del amor y del perdón, se convierte en baluarte seguro de la civilización del Amor y en esperanza para el futuro de la humanidad”[4].
Hablábamos de manifestar una visión de las cosas con convicción, con respeto, con paz, y también en el ejercicio de la libertad religiosa, la cual, como no podría ser de otra manera, de ningún modo busca crear exclusión, o ponerse en contraste con “una laicidad positiva y abierta”, la cual conlleva un compartido sentido de responsabilidad, también en lo atinente a las leyes que nos rigen. Recientemente el Papa Benedicto afirmaba, al respecto: “Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso (…). Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida”[5].
Este es el espíritu que debe animarnos, la responsabilidad compartida también nos lleva a expresar nuestra voz, no se trata de condenar a nadie, ni mucho menos de despreciar a determinadas personas, ni de menoscabar derechos: “Amar a todos sin excluir a nadie”, con el valor positivo del Amor y el sentido de la rectitud de las instituciones.
Por eso, queridos hermanos y hermanas todos, como también les mencionaba, más aún, exclamaba, en la mentada celebración de Clausura del Año Sacerdotal, el 11 de junio, en la iglesia catedral: “(…) no podemos perder de vista el promover este bien tan precioso, tan necesario e indispensable, patrimonio de la humanidad entera”, cuando traía a colación la preocupación del Papa al advertir que “(…) los pueblos, para dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad, no pueden ignorar el bien precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio., es el fundamento de la familia, patrimonio y bien común de toda la humanidad. Así pues, la Iglesia no puede dejar de anunciar que, de acuerdo con los planes de Dios (cfr. Mt 19,3-9), el matrimonio y la familia son insustituibles y no admiten otras alternativas”[6].
Encendamos siempre una luz. En el misterio de Dios, el testimonio humano y cristiano adquiere un inmenso valor. No podemos nosotros agotar el conocimiento de cuánto Dios puede encender misteriosamente el Amor ardiente en los corazones, aun en aquéllos que menos pensábamos.
Al término del Año Paulino Jubilar, en la iglesia de San José de los peregrinos, en el predio de Schoenstatt, de Belén de Escobar, en 2009, encendimos simbólicamente un cirio votivo, alumbrando, así, sobre todos nosotros, la luz de la fe y el amor, el empeño y compromiso por los más necesitados, los excluidos, por los enfermos, por quienes han equivocado el camino y por los que se encomiendan a nuestras oraciones. Ese gesto hemos reiterado al clausurar el Año sacerdotal en la catedral de Campana, frente a la imagen del Sagrado Corazón, al cual hemos consagrado solemnemente la diócesis el 9 de mayo del pasado año en la iglesia co-catedral de la Natividad del Señor.
Pidamos a Dios que esa Luz, la natural de la inteligencia humana, y la que proviene de la Fe, nos ilumine como nación, “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad, y el compromiso por el bien común”, como reza la “Oración por la Patria”.
¡Levantemos el corazón!. Que este 9 de julio, en el gran arco del Bicentenario 2010-2016, nos encuentre en la paz de Cristo, “el Príncipe de la Paz”. Con la protección de la Santísima Virgen, en su advocación de Nuestra Señora de Luján, nuestra Patrona.
Con afecto pastoral,
+Oscar Sarlinga
[1] Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 52.
[2] “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole” (CIC, c. 1055)
[3] Cf JUAN PABLO II, Exhortación apostólica «Familiaris consortio» al episcopado, al clero y a los fieles de toda la Iglesia sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Introducción, n. 1 (“La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia”).
[4] Id. Mensaje de Juan Pablo II a un congreso en el 20 aniversario de la «Familiaris consortio», Ciudad del Vaticano, 22-XI-2001, n. 5.
[5] BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, Ciudad del Vaticano,11 de enero de 2010.
[6] Id., Carta al Card. López Trujillo, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, Ciudad del Vaticano, 17 -V-2005.







